VUELA Y SÉ FELIZ
jueves, 1 de octubre de 2026
“¿QUÉ HE HECHO YO…?”
Al volver del trabajo el otro día me encontré con una señora conocida,
hacía días que no la veía y me paré a saludarla. Me contó “todo lo que está pasando con su marido”. Se preguntaba por qué le ocurriría
a ella todo eso cuando nunca había hecho mal a otros. Incluso las amigas le
refuerzan la idea cuestionándole “por qué
Dios le paga así con lo buena que ha sido siempre con todos”.
Me da mucha tristeza que todavía muchos creyentes tengamos una imagen de
Dios distorsionada, un “dios” que castiga o premia según las obras o la
conducta. ¿Murió su Hijo en una cruz por ser “malo”?.
Lo bueno o lo malo que nos sucede lo valoramos normalmente desde nuestros
criterios humanos, desde nuestro corto entendimiento y nuestro no saber. Lo que
creemos bueno puede, desde la fe, no ser tan bueno y al revés. La percepción de
todo cambia en función de nuestra mirada. Donde unos ven una desgracia, otros
ven una oportunidad. Donde unos ven carencia, otros ven riqueza.
Como humanos que somos, y quizás por inseguridad, tendemos a apegarnos a las
cosas, a las personas, a nuestros talentos, al éxito, a los títulos, a la salud...
Nos cuesta vivir desprendidos de todo ello. Se nos invita a la libertad y
preferimos encadenarnos. Y si perdemos algo buscamos culpables. Lamentablemente,
en muchos casos, al primero que señalamos como responsable de todos nuestros
“males” es a Dios.
Todo es regalo de Dios pero no para poseerlo apegándonos a ello. Nada ni
nadie nos pertenece, ni siquiera nuestra propia vida. Todo pasa. Si ponemos
nuestra seguridad en lo pasajero, todo se tambalea cuando nos amenaza con irse
o nos falta. Nuestra seguridad y confianza ha de estar cimentada en Dios, en su
Amor y en su Misericordia. Ser consciente de esto y vivirlo nos hace personas
agradecidas, desprendidas, libres. Caer en la cuenta de esto, nos permite estar
continuamente con los brazos abiertos. Los brazos abiertos no acaparan, no
aprisionan, dejan ir, y a la vez están preparados para recibir lo que llega en
cada momento. Los brazos abiertos no se apegan, no se encadenan.
Todo, absolutamente todo lo que tenemos o creemos tener, es pasajero.
¿Qué tan libres somos para acoger lo que llega a nuestra vida?, ¿y para
soltar?.
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