Ni mi egoísmo, ni la
envidia, ni mis apegos, ni mis defectos, ni mis cosas, ni mis caídas, ni mis
errores, ni… pueden separarme del amor de Dios.
Nada es obstáculo o
impedimento para que su amor se desborde en mí, para que todo un Dios se me
entregue.
Su amor sigue tocando mi
puerta, se abaja una y otra vez hasta mi miseria, hasta mi pobreza…
Está en mí la respuesta,
la apertura de la puerta, la acogida del don, el dejar que se encarne en mí, el
permitirle abrazarme.
Y se abaja no para
hacerme sentir culpable, no para reclamarme, no por lástima, no por mis obras,
no por… sino por puro amor.
Y se abaja porque es en
las almas que tocan y reconocen su nada donde puede morar, y ser, y obrar
maravillas con su gracia.
Sólo un alma que se
siente pobre es consciente de su verdad y de la grandeza de su Dios.
Sólo un alma que se
siente pobre puede comprender a quienes se sienten y saben pobres.
Sólo un alma que se siente
pobre puede ser utilizada por todo un Dios como instrumento de amor para otros.
Reconocer la nada.
Acoger la pobreza.
Confiar en el amor de
Dios y esperarlo todo de Él.
Abrir la puerta al amor y
acogerlo.
Amar al Amor amando a los
otros, para que otros le conozcan, le amen y contagien a otros.