El otro día dos
religiosas mayores me pedían que rezara por ellas cuando se murieran. Estaban
muy afectadas por el fallecimiento de otras dos religiosas en pocos días. En
ese compartir de cómo estaban surgió el hacerme una pregunta: “Gloria, ¿Qué pasará después de morir?, ¿Cómo
será?, ¿Cuánto tiempo habrá que esperar para el encuentro definitivo con el
Señor”. Me dio mucha ternura escucharlas y me sentí muy chiquita, pero a la
vez también como una mamá delante de dos niñitas esperando una palabra de
consuelo, una respuesta a sus interrogantes.
No lo pensé y, ante la
mirada expectante de las dos, les dije: “No
tengo respuesta, es un misterio, pero en medio de todo y por pura fe creo en dos cosas:
- Una que no hay que tener miedo. En la Biblia se nos dice por activa y por pasiva que no temamos. Si se nos insiste en no tener miedo mientras somos peregrinos, si Jesús nos prometió que estaría con nosotros hasta el final ¿por qué tener miedo a lo que haya o suceda después?.
- Y dos… si Dios nos ama gratuitamente,
incondicionalmente… si Dios no se cansa de bajar a nuestra miseria, de
perdonarnos, de abrazarnos tal y como somos y estamos, de regalarnos su amor…
¿por qué después de esta vida va a tratarnos de forma distinta, como el Amor
podría volvernos la espalda?”. Y continué diciéndoles: “A nosotras solo nos queda abandonarnos en sus manos con total
confianza en su infinito amor y en su infinita misericordia”.
Ocupémonos en amar hoy en
todo lo que hagamos, en todo lo que vivamos. Cada día tiene su afán, ahí es
donde se nos da todo lo que necesitamos y donde podemos responder con lo que
somos y tenemos.
Nadie sabe el día o la
hora a la que partirá a la casa del Padre pero no vivamos angustiados por el
mañana, o por el más allá. Que nuestra fortaleza sea el sabernos amados, y nuestra
única preocupación sea amar. Solo por hoy…