El pasado
sábado el sacerdote nos compartía una anécdota de cuando era seminarista a
cuenta del evangelio que se proclamaba ese día. Mateo 6, 24-34 “Mirad los pájaros del cielo: no siembran,
ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta
¿No valéis vosotros más que ellos? (…) ¿Por qué os agobíais…? (…) No andéis
agobiados…”
Eran
jóvenes, tenían unos cuantos exámenes, y el rector les dijo de ir a unas
charlas que había organizado el obispo. Todos protestaron porque “estaban agobiados” y veían más
razonable dedicar ese tiempo a estudiar. Entonces el rector les reclamó
diciendo: “Podéis estar cansados pero
nunca agobiados. Quien se agobia es porque pone la confianza y la seguridad en
sí mismo (capacidad, cualidades, dones, manera de cómo tienen que ser las
cosas…), en los otros o en las cosas”.
Sencilla
la enseñanza de Jesús. Tras recordarnos que donde está nuestro tesoro está
nuestro corazón e invitarnos a poner a Dios en el centro de nuestra vida, subraya
la importancia de poner toda nuestra seguridad y confianza solo en Dios.
Cuando
las cosas, los otros o yo, somos el centro… Cuando en algo de todo esto está
puesta nuestra seguridad o confianza… todo se tambalea surgiendo en algún
momento la inquietud, el miedo, el
enojo, la frustración… Perdemos la paz del corazón.
Solo
Dios permanece, solo Él es el único apoyo firme, la roca, el cimiento que
permite mantener o recobrar la calma cuando se pierde.
“Nada te turbe, nada te espante, quien a
Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”. ¡Qué descanso
cuando haciendo todo lo que está en las propias manos se deja todo en las suyas!.
¡Qué humildad reconocer que hasta lo que ponemos de nuestra parte es obra suya!. Todo
depende de Él. Él sabe y lo dispone todo según nos conviene, de nosotros está
el aceptarlo, acogerlo y abrazarlo. De ello depende la paz interior o la
turbación de nuestra alma.
Si
hay algo en este momento que turba tu alma, detente, revisa quién o qué es el
centro y resitúate para colocar a Dios en el centro. En esa realidad que estás
viviendo Dios te habla, Dios te ama y quiere que acojas su voluntad y respondas
al Amor con amor.
Quien
se siente en las manos de Dios no se agobia porque se confía a su divina
providencia y acepta su voluntad.