Reconocer y acoger mi
pequeñez, mis emociones, mis defectos, mis limitaciones y mis imperfecciones,
generan la oportunidad para que la gracia de Dios opere en mí.
Negar mi propia verdad,
convenciéndome de que estoy en lo correcto, o de que los demás se equivocan, o
queriéndome justificar, o creyéndome lo que no soy, o culpando a los otros de
lo que me pasa o de lo que siento, habla de mi soberbia y crea una armadura en
torno a mi que impide que la gracia de Dios haga su obra.
Bendito sea Dios por esos
“toques” o “caricias” que nos regala a través de los otros, o de las
circunstancias, y que nos ayudan a volver a situarnos en nuestro verdadero
lugar.
Bendito sea Dios por esos
“toques” o “caricias” que duelen porque golpean la imagen que hemos fabricado
de nosotros. Bendito sea Dios porque si sabemos acogerlos nos hacen sentirnos
chiquititos y a la vez dependientes y necesitados de Él.
No nos cansemos de dar
gracias a Dios por todas esas oportunidades que nos brinda y que nos hacen recordar
nuestra pequeñez.
Alegrémonos y demos
gracias porque cuanto más pequeñitos menos pesamos, cuanto menos pesamos más
fácilmente puede atraernos hacia Él. ¿Acaso no es el deseo de toda alma el de
unirse a su Dios?.