Todos
somos peregrinos en esta tierra y sin embargo vivimos como si fuésemos a ser eternos.
Abortamos palabras o acciones por el qué dirán o por comodidad. Otras veces
esperando el momento ideal, o a encontrarnos bien, o a estar preparados para
tomar determinadas decisiones.
Evitar
las oportunidades de crecer en el amor nos encierra en nosotros mismos e impide
que se despliegue todo ese potencial que llevamos dentro.
No
sabemos qué puerta se puede abrir o qué puede suceder si damos ese paso que se
nos pide, o si nos lanzamos a proclamar aquello en lo que creemos, o si dejamos
aquello de lo que somos esclavos, o si vivimos esa experiencia, o si ponemos límites,
o si… Lo cierto es que si no nos arriesgamos: “Nunca lo sabremos”.
Como peregrinos debemos seguir las indicaciones para llegar a la meta: la
unión con Dios. Y todas las flechas apuntan, mientras estamos en esta tierra, a
crecer en el amor así que… si hablas o callas, si haces o no haces, si
respondes o no, recuerda que el criterio de discernimiento no puede ser: “Lo
que más me gusta”, “Lo que más me apetece”, “Lo que quiero”… sino “lo que más me
lleve a amar” que en definitiva es la voluntad de Dios en nuestras vidas.
En estos días se nos recuerda que Jesús ha resucitado, que está entre
nosotros y con nosotros pero seguimos sin reconocerle por estar enredados,
entretenidos, afanados. Lo buscamos en lo extraordinario, en lo novedoso, en lo
que nos gusta… incluso en lo espiritual podemos andar detrás de ese abanico de
ofertas que nos resulten placenteras y gratificantes, escogiendo o desechando
en función de lo que nos puedan aportar.
La realidad es que Jesús resucitado se sigue cruzando con nosotros en el
camino. Nos expresa su amor a través de todo lo que nos regala. Nos hace
continuas invitaciones a crecer en el amor para estar más unidos a Él. Se hace
presente en lo cotidiano, en las tareas de todos los días, en las calles por
las que transitamos ordinariamente, en el trabajo... No esperemos un
acontecimiento espectacular con luces de colores. Nuestras ideas de dónde, en
qué momento y cómo tiene que ser el encuentro, nos impiden reconocerlo en lo
ordinario, verlo o escuchar su voz, es por esto que los de Emaús no le
reconocieron: “Nosotros esperábamos…”.
Afortunadamente tenemos un Dios que, como Buen Pastor, no se cansa de buscarnos
y lo intenta de mil y una maneras. Ojalá no lleguemos a la vejez, como Simeón o
Ana, para poder descubrirle. Abramos los ojos y el corazón para reconocerle en
los otros, en la Palabra, en los Sacramentos, en los acontecimientos, en lo de
todos los días... Y lo más importante: “Respondamos al AMOR con amor”.