Pronto comenzará
un nuevo curso y es bueno detenernos un poco y revisar nuestra vida y nuestro
hacer porque los años pasan y caemos en la tentación de repetir siempre lo
mismo y estancarnos en nuestro crecimiento humano y espiritual.
Muchas veces se
oyen quejas del estilo “siempre lo mismo”. Efectivamente,
siempre es lo mismo cuando nos dejamos llevar por la vida y no por Dios. Cuando
ocupamos nuestro tiempo con actividades y ruido para no pensar, en lugar de hacer
silencio para dar sentido a lo que vivimos. “Siempre lo mismo” es la
queja de quien se acomoda, de quien no se implica, de quien pone la seguridad
en lo conocido, de quien no se responsabiliza de su propio cambio porque le
asusta.
¿Por qué no ponemos
de nuestra parte para que este curso “no sea lo mismo”?. Quedan todavía
días de vacaciones para hacer ese alto en el camino, ver dónde estoy, hacia
dónde voy, qué sueña Dios de mí para este momento y mis circunstancias… No es
lo otro lo que hay que cambiar, ni tampoco a los otros… soy yo y mi manera de
ver lo otro y a los otros, mi manera de responder a la realidad que se me
presenta, mi actitud ante la vida y el sentido que le quiero dar.
Haciendo alusión
a mi buen querido San Ignacio, que acabamos de celebrar, me remito a su Principio
y Fundamento para iluminar un poco más la reflexión:
"Hemos
sido creados para conocer, alabar y servir a Dios, y así lograr la vida eterna,
salvar nuestra alma.
El resto de lo creado es una ayuda para que alcancemos ese fin".
* Todo nuestro ser orientado a conocer y amar a Dios, ayudar a otros a conocerlo y amarlo. No se trata de hacer cosas, se nos pide amar (devolver amor por Amor): Amor a Dios, al prójimo, a uno mismo.
* La vida eterna, el Reino, es un eterno presente. Se nos está dando ya el amor gratuito de Dios. ¿Cuál es mi respuesta a ese amor?.
-
No se trata de compromiso
-
No se trata de esfuerzo
-
No se trata de evitar culpabilidades
enfrascándome en un hacer continuo.
-
No se trata de ganar puntos ante los
hombres y mucho menos ante Dios.
-
…
Se trata de vivir en un continuo amar.
La vida eterna, el Reino, no es algo que se haya de alcanzar porque se nos da aquí y ahora, en cada persona, en cada situación que se nos presenta, en cada acción que realizamos, en el ruido y en el silencio, en la actividad y en la oración… Constantemente se nos está ofreciendo gratuitamente. ¿Cómo respondo a este amor que se me regala, que se me da, aquí y ahora?.
* No hay que inventar nada, a cada uno se nos ha dado unos talentos. Importante el autoconocimiento para ver dónde encaja cada uno en este bello puzzle que entre todos tenemos que armar.
- No hacer más de lo que me toca porque “no hay nadie” porque eso me puede llevar a dejar otras cosas o personas que requieren mi atención y me tensará y alejará de la voluntad de Dios.
- No hacer lo que no me corresponde porque perderé energía y restaré amor a hacer lo que sí se me ha encomendado
- Reconocer que no puedo hacer todo (dar oportunidad a otros para que sean portadores y transmisores de luz y así la comunidad vaya creciendo).
- Reconocer que no valgo para todo (ahí se juega mi honestidad, mi sinceridad, mi humildad…”esto no es para mí”, “esto ya no me toca”, “no soy bueno para esto”...)
Ej. No puedo asumir la responsabilidad de guiar a un grupo si no me ha dado Dios el don de liderar (“Es que como nadie se ofrece…”. Que no… ni lo intentes “Un ciego no puede guiar a otro ciego”).
Ej. No puedo cuidar las flores si solo mirándolas se marchitan (“Es que no hay nadie”… tranquilo, la persona indicada llegará, eso a ti no te toca, deja que Dios ponga a quien ha pensado)
Ej. No puedo participar en el coro si soy desentonado o tocar un instrumento si no tengo oído. (“Uy ya pero a mí me encanta cantar y tocar las castañuelas”. Sí, sí… pero si eso va a distraer a la gente en lugar de llevarla a estar centrada en Dios, mejor ni lo intentes).
Ej. No puedo proclamar la Palabra en el ambón si me trabo y no leo bien. (“Es que como nadie sale”, “Sé que no lo hago bien pero me gusta salir al frente”… Quédate mejor en tu sitio que ya verás cómo alguien se levanta, de lo contrario estarán todos más pendientes de las veces que te confundes que de lo que el Señor está queriendo comunicar).
Y así podríamos seguir poniendo multitud de ejemplos…
Eso que llamamos buena voluntad lo confundimos muchas veces con hacer lo que no nos toca o aquello para lo que no hemos sido creados impidiendo que asuma la responsabilidad quien Dios ha dotado de esas cualidades. Buena voluntad es buscar y querer lo que Dios quiere de mí y para mí y responder. No me pide más ni menos. Quiere que la semilla dé el fruto que le corresponde.
* Otro aspecto a considerar y quizás lo más importante: “El hilo conductor de mi vida, de mis decisiones, de mis compromisos ha de ser el amor”.
Si aquello que realizo, me crea enojo, me cansa, me lleva a juzgar a otros, me tensa… será momento de hacer un discernimiento, quizás es hora de rectificar. Tengo dos opciones:
- Dejarlo.
- Cambiar de actitud. No es compatible el servicio con las quejas, los enojos y las envidias Si decido continuar que sea con santa paz y alegría. De lo contrario tengo que revisarme.
* Y siguiendo con el bueno de San Ignacio de Loyola: “Todo lo creado es una ayuda para que alcancemos el fin para el que hemos sido creados: Amar y servir” . El problema es cuando convertimos los medios en fines y nos apegamos a ellos (un cargo, un compromiso, una responsabilidad, un don…). ¿Qué tan libre soy para dejarlo si se me pidiera entregarlo en este momento?. ¿Qué sentimientos surgirían en mí?. En la sinceridad de la respuesta se verá mi esclavitud-apego o mi libertad frente a ello.
Para ir terminando… Importante:
Hacer lectura creyente de mi presente con todo lo que me rodea, lo que acontece
y en lo que estoy involucrado, para ver
dónde el Señor me quiere y haciendo qué. Escuchar lo que Dios sueña para mí. Y
en este discernimiento tener en cuenta:
-
Mis dones y talentos
-
Mi realidad personal, mi realidad
familiar, mi realidad laboral
Importante también; No
perder de vista el buscar en todo la voluntad de Dios y no la mía. No optar en
función de la simpatía o antipatía que siento por los otros, no optar en
función de los propios gustos, de lo que esperan los otros de mí, no optar en
función de mis necesidades insatisfechas de acogida, de reconocimiento, de
afecto… no optar desde mi querer quedar bien ante Dios…
Tenemos todo el mes de
agosto por delante… Que el Espíritu Santo inspire en cada corazón por dónde
seguir caminando y qué cambios habría que hacer hacia fuera y, mucho más
importante… en el propio corazón. “Que este nuevo curso sea diferente”.