Hay uno que no descansa y
“como león rugiente busca a quien devorar”.
Con quien anda de mal en peor no pierde el tiempo pero cuando andas queriendo
responder solo a Dios ahí si que busca cómo meterse por algún rincón.
A veces se le ve venir de
larguito pero otras veces es más sutil y ahí es donde hay que estar “más vivo”.
Le fascina encandilarnos con palabras bonitas, seducirnos con reinos
aparentemente santos, desquiciarnos alabando nuestros talentos y buscando la
manera de reventarnos.
En ocasiones nos susurra
al oído: “Venga, tú puedes hacerlo”,
“Eres el mejor”, “Vas a hacer mucho bien a otros”, “No lo dudes, esto es de
Dios”, “No te supone mucho esfuerzo y te lo van a agradecer”, “Si no lo haces
tú se quedará sin hacer”, “El Señor va a estar muy contento contigo”… En
otros momentos se sirve de personas, incluso muy santas, para despistarte aún
más.
No todo lo bueno y santo
que se nos ofrece es de Dios de ahí que sea necesario orarlo y discernirlo. Podemos
responder a muchas invitaciones pero no lo que el Señor quiere en este momento
de nosotros. Santo, como decía el otro día un carmelita en la homilía de la
festividad de Santa Teresa de Jesús, no es el que hace muchas cosas buenas ni
extraordinarias, tampoco el que reza mucho o es muy piadoso, sino el que hace
la voluntad de Dios en todo momento.
Es importante tener en
cuenta la realidad (actividades, compromisos, familia, trabajo…) y lo que se
mueve en el interior: “¿Te turba?”, “¿Te quita la paz de raíz?”, “¿Te tensa?”,
“¿Te entristece?”, ¿o todo lo contrario?. Lo de Dios siempre deja paz profunda
en el corazón.
No temas decir que no si
ves que no es de Dios. El “no” se lo dices al mal que trata de desviar tu
mirada del único al que debes responder.
