El fin de semana pasado celebramos, en nuestra diócesis, la fiesta de nuestra patrona la Virgen de
Valvanera. Tanto el sábado en la mañana como en las eucaristías del domingo
escuchamos otras lecturas. La lectura del evangelio fue la de las bodas de
Caná.
El lunes desperté a eso de las
3am y surgió lo que a continuación te voy a compartir.
Veo a mi alrededor cómo
muchos han perdido la alegría, la esperanza… viven en noches oscuras esperando
un rayito de luz en medio de la espesura. Y miro a María y me uno a ella
suplicando a Jesús porque a muchos ya no les queda vino. Las situaciones de la
vida les abruman hasta asfixiarles, otros están al límite… Aparecen la
tristeza, la impotencia, la frustración, el miedo al futuro, el dolor, la
ansiedad… Y no siempre se tienen recursos para salir, para volverse a poner en
pie y seguir caminando.
Definitivamente necesitamos
el vino para que la fiesta continúe, el vino que hace nuevas todas las cosas,
el vino que devuelve la ilusión, el vino que anima a seguir celebrando y
agradeciendo la vida.
Van a comenzar las
fiestas de la vendimia en nuestra comunidad. Las calles y plazas se llenarán de
gente buscando el vino, pero no el vino que hace crecer la fe, la esperanza y
la caridad. No es el vino de la uva el que necesitamos, tampoco el vino que nos
ofrece la sociedad y nos embriaga para no ver, para no pensar, para actuar en
función del bienestar y el placer personal.
El alma busca a Dios y en
su desesperación y confusión emprende caminos cortos, equivocados, agarra atajos,
que terminan llevándonos a callejones sin salida, que nos hacen huir de la
realidad que no queremos ver y que no queremos enfrentar pero con la que nos
encontramos cara a cara una vez que regresamos a casa.
El vino se termina, a
algunos ya se les acabó…
¿Qué vino es el que
realmente necesito?.
¿Qué vino es el que
realmente puede transformar y saciar mi vida?.
Tengo mi cuota de
responsabilidad en disponer de ese vino que tanto desea mi alma. ¿Dónde lo
busco?, ¿Qué medios pongo?.