jueves, 4 de junio de 2026

“EL JARDÍN”

 

Hace unas semanas, antes de comenzar la oración del domingo, Nieves expresó la importancia de ser cada uno lo que es sin tratar de imitar a los otros. Y me decía: “Yo no puedo ser como tú ni hacer lo que tu haces”. Y yo añadí: “Ni tienes que intentarlo”.

Somos como las flores de un jardín. A cada uno se nos ha dado unos colores para embellecerlo y armar juntos un bonito paisaje. Nadie tiene que esforzarse en tratar de ser lo que no está llamado a ser.

Las comparaciones con los otros, el querer ser como los otros o hacer lo que ellos hacen, el sentirse menos… provocan sentimientos de impotencia, frustración, rabia, celos, incluso odio y deseo de venganza, llegando a tener actitudes que nos dañan y pueden perjudicar a otros.

Cuando miremos a los otros que sea para alabar la obra de Dios, la belleza que generan alrededor con su forma de ser, de estar, con su presencia. Y demos gracias a Dios por la diversidad, por la complementariedad, y por lo afortunados que somos al gozar de todo lo que Él nos regala a través de los dones y virtudes de los otros. Y alegrémonos de los beneficios que los otros reciben y ponen al servicio de la comunidad para gloria suya.

Nuestra misión no es ser como… ni hacer lo que hace… porque nos perderemos nuestra vida. Cada uno tiene que descubrir su propia belleza, lo que está llamado a ser, y para eso es necesario estar atentos a las insinuaciones del Espíritu, ese Espíritu que ya se nos ha dado y habita en cada uno. Ese Espíritu al que se puede escuchar cuando se acallan los ruidos externos y los que generamos con nuestros pensamientos. Ese Espíritu que habla en nuestro corazón pero también en la rutina, en los encuentros, en los acontecimientos.

No tienes que ser la flor más hermosa del jardín, simplemente lo que estás llamado a ser y así serás una hermosa flor. La clave: Ser ser uno mismo siguiendo las insinuaciones del Espíritu, y respondiendo a la voluntad de Dios en todo momento en la realidad concreta que te toca vivir.