domingo, 1 de marzo de 2026
“¿QUÉ ES LO QUE TENGO QUE HACER?”
Muchas veces nos encontramos en el camino sin saber qué dirección tomar,
que paso dar, cómo afrontar determinadas situaciones que se nos presentan.
Estamos en tiempo de Cuaresma. Se nos invita a realizar ciertas prácticas
relacionadas con la oración, el ayuno, la limosna. Escuchamos también la
invitación reiterada a dar un paso al frente.
Estos días le estoy dando muchas vueltas al gran amor que Dios nos tiene
y cómo nos lo manifiesta a través de todo lo que nos regala (cosas, personas,
talentos…). Y me preguntaba:
¿Cómo acoger el amor de Dios si no acojo, acepto y
abrazo todas esas realidades que Dios me ofrece en este momento?.
Puede que la mejor práctica para esta Cuaresma y para comenzar a dar
pasos decisivos hacia adelante sea el acoger todo eso. Dar un paso adelante no
siempre implica hacer algo más o algo nuevo. Hay que comenzar por acoger las
distintas realidades que se nos presentan (miembros de la familia, la
parroquia, el párroco, los compañeros de trabajo, el jefe, los vecinos, los
compañeros con los que compartimos actividades, los amigos… una enfermedad, un
despido, un cambio de compañero de trabajo, la muerte de un ser querido, la
propia incapacidad o dependencia de otros, el tener que cuidar a alguien, el
vivir solo…).
Damos un paso adelante, pero no en la dirección correcta cuando, no
acogiendo las realidades presentes, huimos buscando satisfacer nuestras
necesidades (aceptación, reconocimiento, afecto…) con otras personas, grupos,
experiencias, lugares, actividades, espacios. Cuando elegimos en función de
nuestros gustos o quereres respondemos a nuestra voluntad. Nos amamos pero no a
Dios. Hacemos nuestra voluntad pero no la de Dios.
Quien tiene orientada su brújula en amar a Dios, busca amar a Dios en
todo y pone el acento en acoger, abrazar y agradecer todas las realidades
presentes sean como sean. Permanece, se mantiene firme, no permite que las
tempestades le cambien el rumbo, sabe a quien ama y que cualquier realidad es
idónea para demostrarle su amor, se reubica cuando cae en la cuenta de que se
desvió, mantiene su mirada y su corazón fijos en Él.
¿De qué sirven las prácticas cuaresmales, añadir más
compromisos a mi agenda, si falto a la caridad?.
A veces la desazón se nos presenta a la hora de elegir entre dos cosas
buenas. El otro día dos personas me dieron explicaciones de por qué seguramente
no iban al viacrucis. Las dos tienen familiares a los que atender. A las dos
les dije que ni se les ocurriera ir al viacrucis. ¿Cómo puede querer Dios que
vayas a un viacrucis dejando a tu familiar que te necesita?. ¿Qué diría Santa
Teresa?. ¿Acaso esta gran santa no enseñaba a sus hermanas a dejar la oración
cuando el ejercicio de la caridad lo demandara?. ¿Cómo dejar a Dios presente en
quien nos necesita por ir al templo?. Lo primero es el amor. Si faltamos a la
caridad por ir al templo ¿en qué “dios” creemos?.
La conversión a la que todos estamos invitados es de dentro hacia afuera.
Uno de los criterios de discernimiento para dar ese paso adelante, al que se
nos invita una y otra vez, no puede ser: Elijo esto porque me gusta, o porque aquí
me siento bien, o porque me resulta cómodo por los horarios, o porque me siento
acogido, o porque es lo que esperan de mí, o porque no puedo decir que no a esa
persona que me lo está pidiendo, o porque mis “amiguis” van a estar en eso… No
podemos vivir en función de nuestros quereres o apetencias, tampoco en función
de las expectativas de los otros o bajo la mirada de ellos. Dar un paso
adelante es crecer. Dejarnos llevar por nuestros caprichos es mantenernos
eternamente niños. ¿Elegirías eso si no te gustase, o no te sintieras aceptado,
o los horarios se te dificultaran, o no estuviera esa persona a la que quieres,
o…?.
Mientras no tengamos la mirada y el corazón fijos en Jesús, difícilmente
va a llegar el cambio, no podremos dar pasos. Haremos muchas cosas seguramente,
quizás otros nos admiren, pero no avanzaremos. Jesús no eligió lo más fácil, ni
lo más gustoso, ni acomodó la voluntad de Dios a la suya. Jesús buscó siempre y
en todo amar a su Padre. Su manera de amar fue acogiendo y agradeciendo, y
demostrando su amor a través de todo lo que su Padre le dio. Su bandera: El
amor (acogerlo y ofrecerlo).
El paso
adelante es el de la conversión interior:
* Ir
cambiando la actitud ante:
* Lo que
acontece (responsabilizarse, delegar, acoger, soltar, reconciliarse, abrazar,
agradecer…).
* Las personas (aceptar, perdonar, pedir
perdón, orar por ellas, sostener, escuchar, acompañar, dejar hacer, enseñar,
dejar ir, respetar su ritmo, su forma de ser, de hacer…).
* Uno
mismo (acogerse, perdonarse, cuidarse, tener compasión…)
* Enfocar
nuestros ojos en aquel a quien queremos seguir y con quien queremos
identificarnos. Eso implica un trabajo de introspección y de sinceridad con uno
mismo para caer en la cuenta de hacia dónde vamos caminando, hacia donde
conviene que vayamos y qué es lo que nos conducirá a la meta.
Los grandes
pasos no necesariamente son percibidos por los otros, no brillan, no son
admirados… a esos nos invita Jesús recordándonos: “No necesitas pregonarlo, tu Padre ya lo ve y es a Él a quien tienes
que agradar. Si presumes y te vanaglorias de lo que haces o de lo que te dicen,
pobre de ti, ya has recibido tu recompensa”.
¿Qué
es lo que tengo que hacer?. La respuesta ha de
estar subordinada al amor. Como dice Santa Teresa: “Aquello que más te lleve a amar, eso haz”. Y cuando haya varias
alternativas que requieran tu amor, opta por aquella que esté más necesitada de
tu presencia. El lugar donde estás invitado a amarle se convertirá en tu
templo.
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