jueves, 26 de febrero de 2026
“RENDIR CUENTAS”
Hace unos
días me compartía un sacerdote que todavía hay gente mayor que vive con el
pensamiento de que ya les queda poco para rendir cuentas a Dios. Él me decía:
“¿Cuentas? ¡Cómo no sean las de la misericordia!”.
La idea de
un “dios” que lleva cuentas de nuestros fallos o caídas, y de nuestros éxitos y
obras nos hace individuos esclavos y temerosos de él.
No te
angusties por tus fracasos, por tus pecados, ni te enredes eternamente en la
culpa. Tampoco te obsesiones con el hacer como si tu salvación dependiera de
tus obras. Lo uno y lo otro lleva a poner la mirada en uno mismo, la felicidad o
infelicidad dependerá de los resultados.
A veces
también rendimos cuentas a los otros volviéndonos esclavos de ellos y de la
imagen que queremos vender.
Jesús en
el desierto se niega a dar cuentas ante el tentador, no necesita dar
explicaciones, no se justifica, sabe por quién hace lo que hace, sabe a quién
sirve, sabe a quien quiere responder, sabe a quién ama.
¿Cuántas
veces caemos en la tentación de justificarnos?. Contamos lo que hacemos o lo
que dejamos de hacer, lo que decimos o lo que callamos, lo que los otros van
hablando de nosotros, lo que nos han hecho…
Si nuestro
centro es Dios, si es a Él a quien decimos y deseamos amar, si es por amor a Él
que nos movemos… ¿Qué necesidad hay de caer en la trampa de justificarnos?. Quien
se justifica gira entorno a sí mismo y se adora a si mismo, a la imagen que
tienes de si y que quiere dar a los demás.
Y puestos
con el tema de las tentaciones… La tentación se disfraza de mil y una maneras a
lo largo del día. La tentación en sí no es pecado. El tentador sabe por dónde
atacar a cada uno para que mire para otro lado o para que cierre los ojos. Por
eso la importancia de estar despiertos, de no perder el norte, de volver a ubicarnos
una y otra vez y poner los ojos y el corazón en quien nos ama y solo nos pide
nuestro amor.
Hace unas
semanas, en una de las adoraciones de los miércoles, se hizo una dinámica sobre
el evangelio de las bienaventuranzas. Sobre la mesa delante del Santísimo había
un montón de papelitos, cada uno tenía escrita una bienaventuranza. La que me
tocó dice así (digo dice porque me sigue hablando): “Bienaventurado el hombre que aguanta la prueba, porque, si sale
airoso, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que le aman”.
(Sant. 1, 12).
Las
tentaciones, las pruebas, están ahí pero lo importante es salir airosos. La
tentación de creernos “dios”, imprescindibles, mejores que los demás… la
tentación de servirnos de las cosas o de las personas según nuestro interés o
capricho, para ser reconocidos, valorados, para llenar nuestros vacíos… la
tentación de aparentar, de tener cargos, de acumular… la tentación de la
pereza, la comodidad… la tentación de acumular conocimiento, de utilizar las
prácticas religiosas en búsqueda de consuelo, de rezar para conquistar el amor
de Dios o buscar “consuelos”, la tentación de ser más, de tener más, de brillar
más… La lista es inmensa.
El Señor
no nos va a quitar las tentaciones. Nuestra manera de demostrarle que le amamos
es venciéndolas. Puede suponernos renuncias, dolor, sacrificio… incluso
lágrimas pero la promesa es clara: “La corona de la vida”.
En
resumen: El Dios de Jesús solo entiende de amor, amor de ida y vuelta, amor del
Creador a la criatura y de la criatura al Creador.
La vida
nos presenta pruebas, el mal espíritu nos seduce ofreciéndonos muchos tesoros y
espejismos prometiendo felicidad, pero todo eso se puede vencer: Recordando que
no estamos solos, que la muerte no tiene la última palabra, poniendo los medios
que estén a nuestro alcance, confiando en Él (porque si confiamos en nuestras
propias fuerzas la liamos) y enfocando nuestra vida y nuestro corazón en
amarle.
lunes, 23 de febrero de 2026
“COMPARTIENDO EN EL CAMINO”
¡Qué bueno tener compañeros de camino con los que poder compartir lo que vives, lo que el Señor te va mostrando, tus dificultades, tus miedos, tus tentaciones, tus dudas…!.
Me he embarcado esta Cuaresma en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. La verdad es que mi Cuaresma empezó este año antes de tiempo pero estos EE están sumando a toda la experiencia espiritual que estoy teniendo este mes.
Está muy bien compartir con alguien que está viviendo lo mismo que tú porque sientes que hablas el mismo idioma, que te comprende y tú le puedes entender. Anoche platicamos casi una hora porque la meditación del día, providencialmente, nos había dejado a las dos un poco aturdidas. Ayer tocaba el “tanto cuanto”.
Me fascinó cómo presentó el padre el tema. Dios nos da todo por amor (cosas, personas, talentos…) y nuestra tarea es amarle por medio de todo eso. Usar de todo en la medida que nos lleve a amarle más, y dejarlo en la medida que su uso tenga otro fin.
Cuando la cosa, la persona, el talento… se coloca en el centro, no amamos a Dios.
Cuando nos servimos de eso para nuestro bienestar, para satisfacer nuestras necesidades de reconocimiento, valoración o llenar nuestro vacío afectivo…no amamos a Dios. Cuando nos servimos de eso para hacer daño a otros, para brillar, para posicionarnos por encima de otros, para enriquecernos… no amamos a Dios.
Vamos con algún ejemplo:
Ej. Las redes sociales, el whatsapp, la televisión… ¿los uso para amar a Dios, para crecer en el amor a Él o para entretenerme, exhibir fotos a otros…?. Así podemos ir haciendo un examen del uso que hacemos del resto de cosas que Dios nos regala.
Vamos ahora a enfocarnos en el uso que hacemos de las personas o de nuestros talentos:
Ej. Puedo buscar y quedar con una persona por amor a Dios pero también porque me siento solo, porque estoy aburrido, porque me apetece salir de casa… en cuyo caso me mueve mi vacío.
Ej. Puedo comprometerme en la parroquia por amor a Dios pero también porque necesito un grupo de referencia, o sentirme realizado o tenido en cuenta, o reconocimiento o afecto de parte del sacerdote o de los mismos feligreses, o por huir de mi realidad familiar… será muy bueno mi servicio pero se perderá porque no lo hago por amor a Dios.
Ej. Puedo tener un talento pero servirme de él para amar a Dios o para entretenerme o entretener a otros, para ganar dinero, para pasarlo bien…
Rezar un rosario, limpiar la casa, bajar la basura, cumplir los horarios, ceder el puesto, pasar al frente, ceder el asiento en el autobús, participar en un retiro, ir a unos ejercicios espirituales, leer un libro… Es preciso preguntarnos ¿es el amor a Dios lo que me mueve?. No se trata de valorar si es bueno o malo. Se trata de cuestionarnos sobre la intención del uso que hacemos de todo para enderezarla hacia el fin para el que hemos sido creados que es amar a Dios. Luego que cada uno decida pero ya no podrá decirse “es que no sabía”.
Puedes aplicar esto a tu vida y poner tus propios ejemplos según lo que tengas entre manos y lo que ocupe tu tiempo. Anoche con mi amiga en eso estuvimos casi una hora. Compartimos casos concretos que dudábamos cómo manejarlos y la verdad es que para las dos fue muy iluminador.
El Señor tiene su camino con cada uno, no hay dos senderos iguales como no hay dos personas iguales. Los destellos que te abren el entendimiento nos llegan de formas inesperadas. Son como indicadores o pistas para seguir adelante. Si se quiere avanzar has de seguirlos y tenerlos en cuenta.
En ese recorrido no podemos querer que otros corran más rápido y tampoco que otros vayan a la par nuestra. Hay momentos en los que sientes que hay un montón de gente a tu lado pero a medida que avanzas, el camino se va haciendo estrecho, cada vez más estrecho. ¡Y si solo fuera estrecho!. Además de estrecho se vuelve oscuro, muy oscuro… pero ¡se siente una paz!... la paz que te da el saberte acompañado y el confiar en la lucecita que se vislumbra al final del camino. Lo importante es no regresar a lo de antes, no salirse del camino. La corona de la vida, que se nos ha prometido, nos espera.
viernes, 20 de febrero de 2026
“A TI QUE CARGAS TU CRUZ”
Te rompes un brazo y ves un montón de gente por la calle con el brazo
escayolado, vas con muletas y lo que te encuentras en tu camino son personas
con muletas, vas cargando tu cruz y te percatas de las cruces tan pesadas que
andan cargando los otros.
Me ha tocado estos días escuchar testimonios de dolor, de tristeza… No
sabemos lo que hay detrás de cada uno hasta que nos abren su corazón.
A nuestro alrededor hay mucho sufrimiento. Toda una oportunidad de
transformación, de crecimiento. Todo un camino, todo un proceso de purificación
del corazón. Un tiempo de crecimiento espiritual si se realiza de la mano del
Señor pero: “Y cuando no te tiene fe ¿cómo se vive todo esto?”. Para el
cristiano que quiere seguir a Jesús, no hay otro camino que desear
identificarse con él en TODO, pasar por lo que Él pasó, vivir lo que Él vivió, y
eso implica agradececer, abrazar y aceptar con amor las cruces de cada día. La
cruz no es un trozo de madera, en ella está Jesús, abrazarla es abrazar a Jesús
en la cruz. El sufrimiento acogido y ofrecido da mucho fruto, las situaciones
adversas encuentran su razón de ser, y la crisis acaba siendo una bendición
para quien la vive desde la fe.
El camino que nos invita a recorrer Jesús implica una cruz que abrazar
pero también un proceso de muerte. Esa situación que quizás ha podido despertar
en ti sentimientos de frustración, impotencia, culpa, tristeza… Esa situación
que te ha cambiado la vida, que crees que te desborda, que te hace dudar de si
vas a poder seguir adelante… es un medio para morir al amor propio, para
reconocer la fragilidad, la pequeñez, la miseria y sobre todo la necesidad y la
dependencia de la pobre criatura que no es nada sin su Creador. Es una
oportunidad para vaciar el corazón de todo lo que no es Él y hacerlo capacidad
para dejar que se llene del único Amor que da vida y salva.
Es un buen momento para parar, ver dónde estás, cómo estás, a quién
sigues, evaluar tu hacer, tu forma de ser, estar y relacionarte con los otros… Y
desde ahí plantearte hacia dónde quieres ir y qué medios te permitirán llegar a
tu destino.
Acomoda la vivencia de esta cuaresma a la realidad concreta en la que te
encuentras, con tus fortalezas y miserias, con tus oportunidades y
limitaciones. Y lo más importante, recuerda que el destino es la unión con
Dios. El sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra. Quien cree
sabe que este camino no lo recorre solo y le conduce a una vida plena.
martes, 17 de febrero de 2026
“MISERICORDIA QUIERO…”
Vamos a
iniciar la cuaresma. Ya muchos han hecho propósitos para estos días. Algunos
relacionados con el esfuerzo, otros con el desprendimiento, otros…
En Jesús
hay un deseo y una invitación que quiere que se haga vida en nosotros: “Misericordia quiero y no sacrificios”.
Si lo ponemos en una balanza resulta más fácil hacer, comprometerse, ponerse
metas… y más aún si en ello puedes llegar a ser reconocido, valorado,
aplaudido… o te crees más por lo realizado o conseguido. Lo de acoger y aceptar
al otro tal y como es, tal y como está, desgraciadamente pasa a segundo plano o
incluso lo omitimos por enfocar toda nuestra atención en las obras.
¿De qué
sirve todo lo que hacemos si no es con alegría, con paz, con amor?. ¿De qué
sirve si vamos con el rostro avinagrado, damos una mala contestación,
levantamos el tono, nos quejamos, criticamos al que no actúa o responde como
nosotros, miramos al otro con aires de superioridad…?. No es la cantidad lo que
tiene valor, ni el sacrificio, ni aquello a lo que renunciamos, ni el tiempo
invertido… Solo el amor y la misericordia dan vida y valor a las obras. Por eso
mismo: Ceder el lugar, dar la oportunidad a los otros, permitir que brillen y
permanecer atrás… son obras de amor y misericordia de más valor que hacerlo uno
mismo, porque nadie se da cuenta, porque no recibes recompensa. Y no hablemos
de callar ante un comentario hiriente o desacertado, no entrar en el juego de
quien critica a alguien, perdonar una ofensa, pedir perdón o acercarte a
alguien que sabes que no te tiene mucha estima.
En todo
esto convendría también preguntarse: “¿Qué tan misericordios@ soy conmigo?”. A
veces nuestra propia miseria, vulnerabilidad, limitaciones, dependencia de los
otros… nos impide acogernos tal y como somos y estamos. A lo mejor nos
enfrascamos en mil y una actividades y llenamos nuestra vida de ruido para
evitar mirar lo que nos habita. Quizás no tengamos el valor de enfrentarnos
cara a cara con nuestra verdad. La realidad es que conviene comenzar por
aceptar y abrazar todo lo que hay en nuestro haber, y ser misericordiosos con
nosotros, contemplándonos bajo la mirada de un Padre que no entiende de otra
cosa. Si no es así no podremos responder a la invitación de Jesús. Seguiremos haciendo
muchas cosas, invirtiendo nuestro tiempo y esfuerzo, pero ¿de qué servirá?. ¿Jesús
le dijo a la samaritana que tenía sed de obras o sed de amor?.
¡Qué
distintas serían nuestras vidas, nuestras relaciones, nuestras comunidades… si la misericordia y el
amor fueran lo primero!. Ahí queda el reto.
sábado, 14 de febrero de 2026
“HÁGASE TU VOLUNTAD”
Así
rezamos en el Padre Nuestro: “Hágase tu
voluntad”. La realidad es que muchas veces entendemos el “hacer su
voluntad” como el realizar algo y creyendo “hacer su voluntad” hacemos la
nuestra.
“Hacer su
voluntad” implica un movimiento de mí hacia Él. Estos días que he experimentado
el abandonarme, he entendido esto de otra manera totalmente diferente. He
comprendido el “hágase tu voluntad” como el acoger y el abrazar todo lo que se
nos va presentando: situaciones, personas, invitaciones, desprecios, alabanzas,
humillaciones, éxitos, fracasos… Acoger y aceptar lo que sucede (buenas o malas
noticias, triunfos o éxitos, encuentros, sorpresas, situaciones adversas) y a
los otros (así como son, respetando su ritmo y sus procesos, sin ni siquiera
tratar de entender el por qué de sus palabras, actos o reacciones) con paz, con
alegría, algo que solo es posible si nuestra mirada y nuestro corazón están
fijos en Él.
Hacer su
voluntad implica que yo tomo la iniciativa y me puedo estar equivocando.
Pensando que es su voluntad me puedo estar buscando e incluso hacer cosas muy
santas creyendo que le agrado con ello cuando en realidad no es lo que espera
de mi.
En el
dejarse hacer, en el acoger y abrazar su voluntad, no somos nosotros quienes
tomamos la iniciativa. Nuestra actitud es activa en cuanto nos abrimos a
recibir lo que se nos da. Ahí no nos perdemos, así podemos estar seguros de que
realmente se cumple en nosotros lo que espera y desea. Ahí es donde se da la
unión con Él porque en la medida que acoges la realidad y a los otros, tal y
como son y están, amas. ¿Y qué nos une a Él si no es el amor?.
Y en ese
acoger la realidad tal y como se presenta, y a los otros tal y como son,
morimos a nosotros mismos porque ni las circunstancias responden muchas veces a
nuestros quereres o deseos, ni las personas en ocasiones son o responden como
nos gustaría. ¿Puede haber mayor y mejor prueba de ser ese el camino?.
jueves, 12 de febrero de 2026
“NOS PASÓ LA DEL BURRO”
¿Conoces
la historia del burro, el anciano y el niño?. Cuando el anciano iba sobre el
burro, la gente criticaba al niño. Cuando era el niño quien iba sobre el burro,
criticaban al anciano. Y cuando los dos se sentaron sobre el burro los
criticaron a los dos porque ¡pobre burro!.
El otro
día fui con mi mami al supermercado, ella llevó y trajo el carrito de la
compra. Al regresar le dije: “Nos va a
pasar como la historia del burro, más de alguno pensará: ¡Qué hija más ingrata,
su madre tirando del carro y ella tan fresca!”.
Anoche también
me llevó la guitarra a la adoración y escuché, en tono irónico, el siguiente
comentario: “¡Vaya, ya encontró quien le
lleve la guitarra!”. No respondí. Cuando terminó la adoración, la misma
persona me preguntó por la guitarra y le señalé a mi amiga Nieves que ya se la
había colocado en la espalda. Se rio y me hizo un gesto como diciendo: “¡Qué bárbara!”.
En fin…
Nos pasa a todos. Padecemos de mucha facilidad para juzgar las situaciones y a
las personas sin saber lo que hay detrás.
En una
ocasión, en un taller de crecimiento personal, nos invitaron a contemplar a una
persona en silencio desde un punto fijo. Cada uno, desde donde estaba colocado,
veía tan solo una parte. Naturalmente es escasa la información que recibimos
desde una posición concreta, no vemos a la persona en su totalidad. Así nos
pasa en la vida real con los otros. Tendemos con mucha facilidad a juzgar a las
personas por lo poquito que nuestros sentidos perciben. Captamos reacciones
desproporcionadas, palabras desacertadas, comportamientos que no se ajustan a
lo que entendemos como “normales”, emociones… pero: ¿Qué ha pasado en la
historia de los otros para que actúen así?, ¿Cómo es su realidad presente?, ¿Qué
cruces andan cargando?. ¿Cuáles son sus heridas?. ¿Cuál es el origen de
determinados comportamientos?... Todo un mundo se oculta a nuestros ojos y a
nuestro entendimiento. ¿Necesitamos saberlo todo para no juzgar a los otros?.
No digo
que haya que justificar o pasar por alto todo pero cómo cambiaría nuestra mirada
si recordáramos que sencillamente, ellos como nosotros, son hijos de Dios
heridos, dependientes, vulnerables y necesitados.
sábado, 7 de febrero de 2026
“¿DÓNDE ESTABA DIOS CUANDO…?”
Una amiga
me comentaba que le preguntaron, respecto al accidente de los trenes en
Andalucía, dónde estaba Dios cuando ocurrió la tragedia. Es curioso, yo escuché
el otro día: “¿Dónde estaba Dios cuando
te caíste?”. Ni lo pensé. Mi respuesta fue: “Conmigo”. Y no me quedé ahí, continué diciendo: “Ahora pregúntame dónde estaba mientras
estuve en el hospital, conmigo también”.
Y es que
¿Hay algún rincón en el que no se encuentre Dios?. ¿Hay algún momento en
nuestra vida en el que no se halle Dios?.
Es como si
en medio de las adversidades o en ciertos lugares o instantes de nuestra vida
nos resistiéramos a ver a Dios o dudáramos de su existencia.
Buscar
determinados lugares para encontrarnos con Dios es tener una idea muy limitada
de un Misterio que desborda nuestro entendimiento. Está en todo. Quizás unos
espacios ayuden más pero cualquier rincón es idóneo si enfocamos nuestra mirada
hacia el interior. ¿Acaso no somos templo, o custodia, o sagrario donde habita
Él?.
Pensar que
en eso que denominamos “suerte” está Dios es correcto pero también en los
momentos de prueba, en los fracasos, en las dificultades o cuando sentimos
impotencia, limitación, frustración, miedo o tristeza.
¿Y qué hay
de los otros, de nosotros?. Hay alguna persona en la que no habite Dios. Quizás muchos no sean conscientes pero si no estuviera en ellos, dejarían de existir porque
¿Quién da el ser sino Dios?.
Mira tu
historia y pregúntate ¿Dónde estaba Dios cuando…?. No lo dudes, estaba ahí
contigo, en ti. Y sigue estando: Cuando descansas, cuando oras, cuando paseas,
cuando cocinas, cantas, escribes, pintas, lavas, planchas… En el trabajo, en el
templo, en las calles, en tu casa, en tu cuarto…
En
cualquier momento puedes parar, ser consciente de su Presencia contigo y en ti,
y unirte a Él por el amor en eso que estás haciendo, en eso que estás pensando,
en eso que estás diciendo, en eso que está aconteciendo en tu vida y en esas
personas con las que te encuentras.
lunes, 2 de febrero de 2026
“YO SÍ SÉ QUIÉN ERES TÚ”