martes, 17 de febrero de 2026

“MISERICORDIA QUIERO…”

 

Vamos a iniciar la cuaresma. Ya muchos han hecho propósitos para estos días. Algunos relacionados con el esfuerzo, otros con el desprendimiento, otros…

En Jesús hay un deseo y una invitación que quiere que se haga vida en nosotros: “Misericordia quiero y no sacrificios”. Si lo ponemos en una balanza resulta más fácil hacer, comprometerse, ponerse metas… y más aún si en ello puedes llegar a ser reconocido, valorado, aplaudido… o te crees más por lo realizado o conseguido. Lo de acoger y aceptar al otro tal y como es, tal y como está, desgraciadamente pasa a segundo plano o incluso lo omitimos por enfocar toda nuestra atención en las obras.

¿De qué sirve todo lo que hacemos si no es con alegría, con paz, con amor?. ¿De qué sirve si vamos con el rostro avinagrado, damos una mala contestación, levantamos el tono, nos quejamos, criticamos al que no actúa o responde como nosotros, miramos al otro con aires de superioridad…?. No es la cantidad lo que tiene valor, ni el sacrificio, ni aquello a lo que renunciamos, ni el tiempo invertido… Solo el amor y la misericordia dan vida y valor a las obras. Por eso mismo: Ceder el lugar, dar la oportunidad a los otros, permitir que brillen y permanecer atrás… son obras de amor y misericordia de más valor que hacerlo uno mismo, porque nadie se da cuenta, porque no recibes recompensa. Y no hablemos de callar ante un comentario hiriente o desacertado, no entrar en el juego de quien critica a alguien, perdonar una ofensa, pedir perdón o acercarte a alguien que sabes que no te tiene mucha estima.

En todo esto convendría también preguntarse: “¿Qué tan misericordios@ soy conmigo?”. A veces nuestra propia miseria, vulnerabilidad, limitaciones, dependencia de los otros… nos impide acogernos tal y como somos y estamos. A lo mejor nos enfrascamos en mil y una actividades y llenamos nuestra vida de ruido para evitar mirar lo que nos habita. Quizás no tengamos el valor de enfrentarnos cara a cara con nuestra verdad. La realidad es que conviene comenzar por aceptar y abrazar todo lo que hay en nuestro haber, y ser misericordiosos con nosotros, contemplándonos bajo la mirada de un Padre que no entiende de otra cosa. Si no es así no podremos responder a la invitación de Jesús. Seguiremos haciendo muchas cosas, invirtiendo nuestro tiempo y esfuerzo, pero ¿de qué servirá?. ¿Jesús le dijo a la samaritana que tenía sed de obras o sed de amor?.

¡Qué distintas serían nuestras vidas, nuestras relaciones, nuestras comunidades… si la misericordia y el amor fueran lo primero!. Ahí queda el reto.

1 comentario: