¡Qué bueno tener compañeros de camino con los que poder compartir lo que vives, lo que el Señor te va mostrando, tus dificultades, tus miedos, tus tentaciones, tus dudas…!.
Me he embarcado esta Cuaresma en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. La verdad es que mi Cuaresma empezó este año antes de tiempo pero estos EE están sumando a toda la experiencia espiritual que estoy teniendo este mes.
Está muy bien compartir con alguien que está viviendo lo mismo que tú porque sientes que hablas el mismo idioma, que te comprende y tú le puedes entender. Anoche platicamos casi una hora porque la meditación del día, providencialmente, nos había dejado a las dos un poco aturdidas. Ayer tocaba el “tanto cuanto”.
Me fascinó cómo presentó el padre el tema. Dios nos da todo por amor (cosas, personas, talentos…) y nuestra tarea es amarle por medio de todo eso. Usar de todo en la medida que nos lleve a amarle más, y dejarlo en la medida que su uso tenga otro fin.
Cuando la cosa, la persona, el talento… se coloca en el centro, no amamos a Dios.
Cuando nos servimos de eso para nuestro bienestar, para satisfacer nuestras necesidades de reconocimiento, valoración o llenar nuestro vacío afectivo…no amamos a Dios. Cuando nos servimos de eso para hacer daño a otros, para brillar, para posicionarnos por encima de otros, para enriquecernos… no amamos a Dios.
Vamos con algún ejemplo:
Ej. Las redes sociales, el whatsapp, la televisión… ¿los uso para amar a Dios, para crecer en el amor a Él o para entretenerme, exhibir fotos a otros…?. Así podemos ir haciendo un examen del uso que hacemos del resto de cosas que Dios nos regala.
Vamos ahora a enfocarnos en el uso que hacemos de las personas o de nuestros talentos:
Ej. Puedo buscar y quedar con una persona por amor a Dios pero también porque me siento solo, porque estoy aburrido, porque me apetece salir de casa… en cuyo caso me mueve mi vacío.
Ej. Puedo comprometerme en la parroquia por amor a Dios pero también porque necesito un grupo de referencia, o sentirme realizado o tenido en cuenta, o reconocimiento o afecto de parte del sacerdote o de los mismos feligreses, o por huir de mi realidad familiar… será muy bueno mi servicio pero se perderá porque no lo hago por amor a Dios.
Ej. Puedo tener un talento pero servirme de él para amar a Dios o para entretenerme o entretener a otros, para ganar dinero, para pasarlo bien…
Rezar un rosario, limpiar la casa, bajar la basura, cumplir los horarios, ceder el puesto, pasar al frente, ceder el asiento en el autobús, participar en un retiro, ir a unos ejercicios espirituales, leer un libro… Es preciso preguntarnos ¿es el amor a Dios lo que me mueve?. No se trata de valorar si es bueno o malo. Se trata de cuestionarnos sobre la intención del uso que hacemos de todo para enderezarla hacia el fin para el que hemos sido creados que es amar a Dios. Luego que cada uno decida pero ya no podrá decirse “es que no sabía”.
Puedes aplicar esto a tu vida y poner tus propios ejemplos según lo que tengas entre manos y lo que ocupe tu tiempo. Anoche con mi amiga en eso estuvimos casi una hora. Compartimos casos concretos que dudábamos cómo manejarlos y la verdad es que para las dos fue muy iluminador.
El Señor tiene su camino con cada uno, no hay dos senderos iguales como no hay dos personas iguales. Los destellos que te abren el entendimiento nos llegan de formas inesperadas. Son como indicadores o pistas para seguir adelante. Si se quiere avanzar has de seguirlos y tenerlos en cuenta.
En ese recorrido no podemos querer que otros corran más rápido y tampoco que otros vayan a la par nuestra. Hay momentos en los que sientes que hay un montón de gente a tu lado pero a medida que avanzas, el camino se va haciendo estrecho, cada vez más estrecho. ¡Y si solo fuera estrecho!. Además de estrecho se vuelve oscuro, muy oscuro… pero ¡se siente una paz!... la paz que te da el saberte acompañado y el confiar en la lucecita que se vislumbra al final del camino. Lo importante es no regresar a lo de antes, no salirse del camino. La corona de la vida, que se nos ha prometido, nos espera.