No podemos
caminar solos con las propias luchas, preocupaciones, miedos… pero también es
cierto que ni todos son buenos compañeros de camino ni somos siempre esos
deseados compañeros que otros necesitan
Hoy los discípulos
de Emaús regresan a casa, tras el fatal desenlace ocurrido en Jerusalén, con un
montón de emociones en su haber: tristeza, decepción, dudas, enojo tal vez…
Alguien se cruza con ellos y se une al camino y a sus vidas. Ese compañero
podía haberse presentado desde el principio, haberles sacado de su profunda
desolación, pero respetó el proceso de ellos y permitió, con su acogida, con su
saber estar y con su respeto, que ellos se encontraran y descubrieran la verdad
que a sus ojos permanecía oculta.
Un buen compañero no tiene prisa, no adelanta procesos, no da soluciones ni respuestas, no juzga, no fuerza, no se desespera por el ritmo de comprensión del otro, no hace comparaciones, no da su opinión sobre lo que haría si estuviera en lugar de otro, no condiciona, no dirige…
El sentirse
escuchado, acompañado, acogido, respetado… permite reconocer y expresar todo lo
que hay en el propio mundo interior, descubrir la verdad que se anda buscando.
Expresar en voz alta y escucharse ayuda a caer en la cuenta. Un buen
acompañamiento prepara para el encuentro con uno mismo y con el Señor
Los
compañeros de camino se eligen, también es cierto que contamos con Uno incondicional que siempre está. Quienes
quieren ayudarnos siempre lo hacen de buena fe pero no siempre aciertan con las
palabras o con su forma de estar. ¿Qué hacer entonces?. Escucharse. “¿No ardía nuestro corazón mientras nos
hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” – se preguntan los de
Emaús. ¿Qué siento ante esto que me
dicen? ¿Cuáles son mis motivaciones, mis miedos, mis dudas…? ¿Qué es lo que
realmente desea mi corazón?. Es importante escuchar lo que late en lo más
profundo, acompañar la propia realidad, encontrar la verdad por sí mismo.
Podemos ser
testigos de muchas voces, pronunciadas por personas muy “santas” pero,
contradictorias entre sí. ¿Cuál es en medio de todas esas voces la que el Señor
tiene para nosotros?. Aquella en la que “arda
el corazón”, aquella en la que se sienta consuelo, paz profunda, alegría
verdadera, aumento de esperanza. No atendamos tanto a quién nos lo dice sino a
lo que pasa en el interior ante esas palabras, y estemos atentos para ver si todo eso que sentimos permanece en el tiempo. El Señor habita en nosotros y ahí
se encuentra la confirmación de si es o no de Él eso que nos viene de afuera.
GRACIAS GLORIA!!! Tu comentario no tiene desperdicio.
ResponderEliminarExcelente edificación, nos motiva
ResponderEliminarGracias Gloria es verdad todo lo que dices en tu reflexión. Muchas gracias.Te recuerdo desde Santa Fe de Granada con mucho cariño.Marilines
ResponderEliminarMuy edificantes sus reflexiones, que Dios la siga guiando. Bendiciones.
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