lunes, 29 de junio de 2026

“¿POR QUÉ TE HAS TARDADO TANTO?”

 

Hoy te invito a hacer un ejercicio de imaginación. Algo así como lo que recomienda San Ignacio de meterte en la escena pero esta vez vas a ocupar el lugar de la persona que llega al lugar que te voy a indicar.

Supón que te levantas y piensas en ir a confesarte. Llegas a la iglesia y te encaminas a donde sabes que puedes encontrarte con el sacerdote. Entras, sin mediar palabra le das un abrazo y mientras te tiene en sus brazos y sientes su cariño, le escuchas un reclamo lleno de amor desde lo más profundo de su corazón: “¿Por qué te has tardado tanto?”. ¿Qué haces: Lloras, sonríes, le das un beso, te apartas…?. ¿Qué dices: te justificas, reclamas, te callas…?.

Y ahora vamos a dar un paso más. Imagínate que es Jesús quien al acercarte es el que, también con mucho amor, te pregunta: “¿Por qué te has tardado tanto?”. ¿Cómo reaccionas?. Quizás lo más fácil es lo de siempre: Buscar justificaciones  para no asumir la propia responsabilidad (es que pensaba… es que tenía que… es que no sabía que…). O puedes optar por culpar a los otros, a las circunstancias o a Él mismo. O quizás decidas permanecer en silencio. O… No te doy más ideas porque quiero que seas tú quien reaccione y responda a Jesús pero ¡Cuidado con caer en la culpa, en la tristeza, en el lamento… por el tiempo perdido, por no haberlo sabido hacer mejor, por…!.  Todavía no es tarde, es hoy y ahora que te hace la pregunta para que seas consciente de su amor paciente, un amor que siempre ha respetado tu libertad y no se ha cansado de esperar. ¿Qué tienes tú que decirle?.

jueves, 25 de junio de 2026

“NO TE AGOBIES”

 

El pasado sábado el sacerdote nos compartía una anécdota de cuando era seminarista a cuenta del evangelio que se proclamaba ese día. Mateo 6, 24-34 “Mirad los pájaros del cielo: no siembran, ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta ¿No valéis vosotros más que ellos? (…) ¿Por qué os agobíais…? (…) No andéis agobiados…”

Eran jóvenes, tenían unos cuantos exámenes, y el rector les dijo de ir a unas charlas que había organizado el obispo. Todos protestaron porque “estaban agobiados” y veían más razonable dedicar ese tiempo a estudiar. Entonces el rector les reclamó diciendo: “Podéis estar cansados pero nunca agobiados. Quien se agobia es porque pone la confianza y la seguridad en sí mismo (capacidad, cualidades, dones, manera de cómo tienen que ser las cosas…), en los otros o en las cosas”.

Sencilla la enseñanza de Jesús. Tras recordarnos que donde está nuestro tesoro está nuestro corazón e invitarnos a poner a Dios en el centro de nuestra vida, subraya la importancia de poner toda nuestra seguridad y confianza solo en Dios.

Cuando las cosas, los otros o yo, somos el centro… Cuando en algo de todo esto está puesta nuestra seguridad o confianza… todo se tambalea surgiendo en algún momento la  inquietud, el miedo, el enojo, la frustración… Perdemos la paz del corazón.

Solo Dios permanece, solo Él es el único apoyo firme, la roca, el cimiento que permite mantener o recobrar la calma cuando se pierde.

“Nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene nada le falta, solo Dios basta”. ¡Qué descanso cuando haciendo todo lo que está en las propias manos se deja todo en las suyas!. ¡Qué humildad reconocer que hasta lo que ponemos de nuestra parte es obra suya!. Todo depende de Él. Él sabe y lo dispone todo según nos conviene, de nosotros está el aceptarlo, acogerlo y abrazarlo. De ello depende la paz interior o la turbación de nuestra alma.

Si hay algo en este momento que turba tu alma, detente, revisa quién o qué es el centro y resitúate para colocar a Dios en el centro. En esa realidad que estás viviendo Dios te habla, Dios te ama y quiere que acojas su voluntad y respondas al Amor con amor.

Quien se siente en las manos de Dios no se agobia porque se confía a su divina providencia y acepta su voluntad.

domingo, 7 de junio de 2026

“FALTA DE AMOR”

 

Las continuas quejas y miedos, el malestar porque me señalaron una falta o no me alabaron una hazaña, el esfuerzo por defender mi territorio o mi imagen, el afán por hacer, servir o ayudar, la ansiedad, la tristeza, la preocupación, el rencor… hablan de mi falta de amor, de la necesidad de amor. La falta de amor es falta de Dios. La necesidad de amor es necesidad de Dios.

Quizás creemos en Dios, celebramos la Eucaristía, rezamos, tenemos algún compromiso en la iglesia… pero nos encerramos en nuestro pequeño mundo, con nuestras cosas, ideas sobre cómo tiene que ser todo, normas, esclavitudes… y no le damos cabida al amor. Por llenarnos de todo eso, nuestro corazón se siente vacío porque lo único que lo puede colmar no tiene espacio. Nuestra alma desea descansar en él, calmar su hambre de Dios, de amor, y cada vez se encuentra más lejos y más vacía.

La falta de amor es resultado de existir desde la imagen ideal que queremos conquistar o dar a los demás. Por no vivir desde la mirada amorosa del Padre acabamos haciendo muchas cosas que dan respuesta a los deseos y expectativas de los otros o de nosotros mismos, nos volvemos esclavos de ellos o de nuestro ego.

Ese Padre nos ama tal y como somos, tal y como estamos. Comprender y experimentar esta verdad nos permite ser libres y responder únicamente a su voluntad. De otra forma podemos hacer muchas cosas y muy buenas pero ¿A quién respondemos: A un ego insatisfecho, herido y necesitado, o a una imagen idealizada e inalcanzable?. ¿Cuánto tiempo vamos a seguir así?. ¿Qué necesitamos para ubicarnos bajo la única mirada y el único amor que puede saciar la sed de nuestra alma?.

“TARDE CON MOISÉS”

 

Hace unas semanas estuve en Olza con un grupito de la parroquia de “Nuestra Señora del Carmen” de Logroño. Olza es un pueblo a unos pocos kilómetros de Pamplona. Allá las Carmelitas Descalzas organizan, una vez cada dos meses, una tarde de oración.

El texto con el que oramos y meditamos fue el del Éxodo 14, 5-14, la huida del pueblo de Israel de la esclavitud de los egipcios. Un texto para cuestionarnos sobre nuestras esclavitudes (qué nos ata, qué nos impide avanzar, qué pseudoganancias encontramos para mantenernos en esas situaciones que sabemos que nos paralizan y no engendran vida).

Mantenerse esclavo o ser libre es una decisión personal. Implica tomar decisiones y emprender un camino desconocido. Desgraciadamente muchas veces preferimos optar por lo conocido, por lo que creemos que nos da seguridad, por aquello que controlamos… y eso nos estanca impidiendo nuestro crecimiento. Podemos asumir durante años un mismo cargo o responsabilidad, realizar las mismas cosas… y nos encadenamos. El miedo a soltar, a escapar de la esclavitud del faraón y adentrarnos en un territorio desconocido nos impide emprender el camino de la verdadera libertad. Justificaciones nunca faltan y es que al menos donde uno está y conoce, uno se siente seguro y si además eso aporta reconocimiento, éxito,,. ¿Dónde agarrarse si falta todo eso?. “Más vale malo conocido que bueno por conocer”. Así dice el refrán pero si los santos hubiesen seguido este consejo no habrían llegado a santos.

Dar un paso adelante implica arriesgarse, ser valiente, dejar atrás, renunciar, confiar, abrirse a nuevos escenarios, abandono, esperanza. Desconocemos qué hay al otro lado, qué podemos encontrarnos conforme avanzamos, pero quien tiene fe sabe quien le sostiene, sabe que no camina solo.

En ocasiones son las circunstancias las que nos empujan a salir de la zona de confort adentrándonos en otros paisajes desconocidos e incluso no queridos. Áridos desiertos y oscuras noches en las que no se ve por donde avanzar, en los que surgen miedos, dudas, en los que no se encuentran apoyos. La adversidad, contemplada con ojos de fe, se convierte en una oportunidad para dejar atrás, para romper con aquello que nos tenía paralizados y esclavos.

Hemos sido creados para ser libres pero la realidad es que nos llegamos a convertir, si no estamos muy atentos, en esclavos de los otros, de las circunstancias, de las cosas o lo que es peor, de nosotros mismos.

Hemos sido creados para ser libres y eso implica un acto de fe que nos lleva a confiar en la intemperie, que nos conduce al desapego total y al abandono.

“PALABRAS O FRASES QUE RESUENAN EN EL CORAZÓN”

 

Haciendo los Ejercicios Espirituales de mes de San Ignacio de Loyola, en Guatemala en el año 2007, se nos invitó a encontrar nuestra consigna (aquella palabra venida de Dios que nos serviría toda la vida para vencer al mal). Siempre la recuerdo y la rescato en los momentos de dificultad, me ayuda a ubicarme, a centrarme y a seguir adelante.

Lo cierto es que, en el día a día, pueden surgir otras palabras o frases que son de mucha utilidad en el momento concreto que se está viviendo. Pueden llegar en el silencio, a través de otros, por medio de una canción, la lectura de un libro…

La semana pasada llegaron dos frases a mí que resonaron de manera especial y me siguen acompañando: Una a través de una carta y otra por medio de un sacerdote. De ésta última quiero hablar. El domingo confesándome, el sacerdote me habló de un montón de cosas. El lunes en la mañana, en mi oración estaba bien enredada (Había dormido fatal, una hermanita franciscana me dijo después de la eucaristía: “¡Qué mala cara tienes!”). El mal espíritu ni descansa ni deja descansar.  En medio de la oración, una de esas frases, que había pasado desapercibida en la plática con el sacerdote, cayó en mi corazón y me volvió ubicar de tal manera que, sigue resonando en mi corazón con fuerza.

Pero en todo esto hay que estar  muy despiertos porque si bien es cierto que el Espíritu inspira palabras o frases por medio de otros, también el mal espíritu utiliza la misma artimaña y puede confundirnos sirviéndose del evangelio y generando una falsa paz o una falsa alegría, y en el peor de los casos provocar sentimientos de culpa. Se hace necesario por esto el autoconocimiento, el silencio, la oración.

Lo que es de Dios da paz profunda, consuela, aumenta la confianza y la esperanza, anima y fortalece.

Estemos despiertos porque no todo lo que parece bueno es de Dios.

Estemos despiertos para escuchar lo que Él tiene que decirnos.

Estemos despiertos porque nos habla a través de todo y todo nos lleva a Él.

jueves, 4 de junio de 2026

“EL JARDÍN”

 

Hace unas semanas, antes de comenzar la oración del domingo, Nieves expresó la importancia de ser cada uno lo que es sin tratar de imitar a los otros. Y me decía: “Yo no puedo ser como tú ni hacer lo que tu haces”. Y yo añadí: “Ni tienes que intentarlo”.

Somos como las flores de un jardín. A cada uno se nos ha dado unos colores para embellecerlo y armar juntos un bonito paisaje. Nadie tiene que esforzarse en tratar de ser lo que no está llamado a ser.

Las comparaciones con los otros, el querer ser como los otros o hacer lo que ellos hacen, el sentirse menos… provocan sentimientos de impotencia, frustración, rabia, celos, incluso odio y deseo de venganza, llegando a tener actitudes que nos dañan y pueden perjudicar a otros.

Cuando miremos a los otros que sea para alabar la obra de Dios, la belleza que generan alrededor con su forma de ser, de estar, con su presencia. Y demos gracias a Dios por la diversidad, por la complementariedad, y por lo afortunados que somos al gozar de todo lo que Él nos regala a través de los dones y virtudes de los otros. Y alegrémonos de los beneficios que los otros reciben y ponen al servicio de la comunidad para gloria suya.

Nuestra misión no es ser como… ni hacer lo que hace… porque nos perderemos nuestra vida. Cada uno tiene que descubrir su propia belleza, lo que está llamado a ser, y para eso es necesario estar atentos a las insinuaciones del Espíritu, ese Espíritu que ya se nos ha dado y habita en cada uno. Ese Espíritu al que se puede escuchar cuando se acallan los ruidos externos y los que generamos con nuestros pensamientos. Ese Espíritu que habla en nuestro corazón pero también en la rutina, en los encuentros, en los acontecimientos.

No tienes que ser la flor más hermosa del jardín, simplemente lo que estás llamado a ser y así serás una hermosa flor. La clave: Ser ser uno mismo siguiendo las insinuaciones del Espíritu, y respondiendo a la voluntad de Dios en todo momento en la realidad concreta que te toca vivir.